REDACCIÓN - 04 Jun 2025

La Justicia del Acordeón y el vacío democrático

La justicia en México no necesitaba control político ni obediencia ideológica. No necesitaba subordinación disfrazada de cercanía popular. Lo que la justicia nacional reclamaba —desde hace décadas— es una revolución ética, intelectual, académica. Una reforma desde el pensamiento y los valores, no desde el autoritarismo. Lo que vimos este fin de semana fue exactamente lo contrario: un experimento electoral cuyo resultado más claro fue la derrota de la narrativa que lo promovió. Pero también la victoria en lo que realmente le importaba al oficialismo: controlar, desde el Ejecutivo, las sentencias del Judicial.


Convocaron a una elección con el tono solemne de una gesta cívica. Pero lo que organizaron fue una simulación. Pese a las estructuras del Estado desplegadas —el aparato territorial de los programas sociales, el uso de recursos públicos, el acarreo tradicional, la coacción velada— el 87 % del padrón electoral se negó a participar. Ni con el sello de la “transformación” ni con el incentivo del miedo lograron interesar a la ciudadanía.


Y lo más paradójico es que, si aplicáramos los mismos argumentos que la 4T ha usado por años —cuando era oposición y también cuando se ha proclamado mayoría moral— habría que reconocer que el pueblo les dio la espalda. Porque fue el PAN y el PRI quienes llamaron a no validar la farsa. Y millones actuaron. Con su abstención como forma de resistencia.


A eso habría que sumar el dato más escandaloso: los votos nulos superaron cualquier cifra obtenida por los candidatos afines al oficialismo. En términos concretos, los electores efectivos prefirieron anular su boleta antes que sufragar por los nombres dictados desde el régimen. Esos nombres venían impresos en un “acordeón del Bienestar”, una hojita repartida por millones a lo largo y ancho del país, como si elegir juzgadores fuera lo mismo que seguir una ruta a ojos vendados.


Y aquí vale una pausa: el uso del “acordeón” como herramienta política no es solo una trampa electoral. Es también una ofensa intelectual. Para la academia, para el mundo del Derecho, para cualquier estudiante de cualquier disciplina, el acordeón representa lo más deleznable. Es el símbolo de quien no estudió, de quien evade el mérito, de quien quiere acceder al privilegio sin pasar por la exigencia. Que esa figura sea el sello de esta elección de juzgadores es, además, una vergüenza profundamente ofensiva. Porque si hay un espacio que exige rigor, excelencia y preparación, es el Poder Judicial. No necesitamos ministros con acordeón, sino juristas con trayectoria, pensamiento crítico y formación sólida. Jueces que sepan decir “no” al poder, no que necesiten instrucciones desde él. ¿Cómo va un juez del Bienestar a defender a una minoría de los abusos del poder, cuando le debe su silla al régimen?


No hay victoria democrática posible cuando la inmensa mayoría rechaza participar. No hay legitimidad en una votación masiva sin voluntad ciudadana. Lo que se construyó no fue un sistema judicial popular, sino uno débil, probablemente servil, nacido del desinterés, la imposición y el vacío.


La elección judicial fue, en esencia, un plebiscito silencioso. Y el mensaje —para quienes leen entre líneas— puede ser esperanzador: México no quiere una justicia sumisa, ni jueces obedientes, ni ministros de consigna. México prefiere no validar estas farsas. El oficialismo hizo hasta lo impensable… y el pueblo les dijo NO (un 87 %, por lo menos).


Y por si a alguien le quedaba una duda: quedó claro que al oficialismo no le interesaba mejorar la justicia. Le interesaba someterla a sus intereses.

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