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REDACCIÓN - 09 Jun 2026

El problema empieza al salir del estadio

Este domingo vi México 86, la película protagonizada por Diego Luna y producida por Netflix. y por más que algunos hayan querido venderla como una reivindicación política, no lo es. Pero sí es algo mucho más interesante: contar como hubo un momento en que México fue capaz de levantarse de una tragedia monumental y organizar una Copa del Mundo.


Aclaro algo importante. Yo no había nacido en el 86. Mi generación conoce ese Mundial por los documentales, por las historias de nuestros padres y por esas imágenes que ya forman parte de la memoria colectiva. El terremoto. Los edificios caídos. Las brigadas de ciudadanos sacando personas de los escombros con sus propias manos. Y aun así, contra todo pronóstico, el país encontró la manera de recibir al mundo.


Las experiencias mundialistas que sí me tocaron fueron otras. La primera que recuerdo con claridad fue Corea-Japón. No recuerdo los análisis tácticos ni las alineaciones completas. Recuerdo algo más simple: la sensación de que durante unas semanas millones de personas estaban viendo lo mismo, sintiendo lo mismo y hablando de lo mismo.


Después vinieron Alemania, Sudáfrica, Brasil, Rusia, Qatar. Distintos países, distintos contextos, pero siempre la misma sensación: durante un Mundial el planeta entero parece ponerse de acuerdo para mirar hacia un mismo lugar.


Y por eso me resulta inevitable pensar en el México que está a punto de recibir nuevamente una Copa del Mundo cuarenta años después.


Porque la pregunta no es si los estadios estarán listos. Lo estarán.


La pregunta tampoco es si habrá ceremonia inaugural, zonas de aficionados o fotografías espectaculares para la prensa internacional. Claro que las habrá.


La pregunta incómoda es otra: ¿qué país va a encontrar el mundo cuando salga del estadio?


Porque si algo revela un Mundial no es la calidad de los estadios. Es la calidad del país que existe alrededor de ellos.


En 1986, México era una nación golpeada. Venía de una crisis económica devastadora y de un terremoto que había dejado heridas visibles en el corazón de la capital. Los edificios caídos estaban a la vista de todos. El dolor era imposible de ocultar. Nadie fingía que las cosas estaban bien.


Y sin embargo había algo que hoy parece escaso: conciencia de la magnitud del problema.


La tragedia estaba sobre la mesa. Se discutía. Se enfrentaba. Se reconocía.


Cuarenta años después, la paradoja es inquietante. Tenemos mejores estadios, mejores carreteras, mejores aeropuertos y una infraestructura infinitamente superior. Pero también hemos perfeccionado algo mucho más peligroso: la capacidad de acostumbrarnos.


Nos acostumbramos a las fosas clandestinas como antes nos acostumbrábamos a los baches. Nos acostumbramos a las desapariciones como si fueran parte inevitable del paisaje nacional. Nos acostumbramos a que existan regiones enteras donde el Estado aparece poco y manda menos. Nos acostumbramos a vivir rodeados de señales de emergencia sin llamarles emergencia.


Y entonces aparece el Mundial.


La gran vitrina.


La gran oportunidad para mostrarle al mundo quiénes somos.


Pero también el gran riesgo de terminar mostrándonos quiénes somos realmente.


Y lo más inquietante es que una parte importante de esta tensión ni siquiera puede atribuirse a una tragedia natural o a una crisis internacional.


Es una crisis, en buena medida, autoinfligida.


Muchas de las movilizaciones que hoy amenazan con convertirse en la banda sonora del Mundial nacieron de acuerdos políticos celebrados por el regimen. Promesas hechas en campaña. Compromisos asumidos para construir alianzas. Expectativas alimentadas desde el poder que después terminaron chocando con los límites de la realidad presupuestal, jurídica o administrativa.


El caso de la CNTE es quizás el ejemplo más evidente. Durante años fue presentada como una aliada legítima de la transformación nacional. Sus demandas fueron respaldadas, sus causas abrazadas y sus expectativas elevadas. El problema apareció cuando llegó el momento de convertir los compromisos políticos en políticas públicas viables.


Porque prometer siempre es más sencillo que gobernar.


Y las facturas de las promesas incumplidas suelen llegar en el peor momento posible.


Porque durante un mes podremos llenar estadios, organizar ceremonias impecables y producir imágenes espectaculares para la televisión internacional. El problema es que la realidad tiene una pésima costumbre: siempre encuentra la forma de colarse en la transmisión.


La verdadera pregunta no es si México está listo para recibir al mundo.


La verdadera pregunta es si México está listo para verse en el espejo que el mundo le va a poner enfrente.


Y sospecho que esa conversación incomoda mucho más que cualquier debate sobre fútbol.

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