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Popularidad no es justicia: Columna

Durante años, en México se ha sembrado una mentira peligrosa: que ser querido por el pueblo te absuelve de cualquier culpa. Que tener altos niveles de aprobación te convierte automáticamente en un buen gobernante. Y más aún, que el respaldo popular puede sustituir a la legalidad, a la ética… incluso a la verdad.

 

Esa mentira, repetida sin descanso durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, fue el escudo que protegió a su gobierno de rendir cuentas. Pero la realidad es terca. Y tarde o temprano, todo lo que se oculta bajo la alfombra termina asomándose.

 

El gobierno de las ilegalidades impunes

 

López Obrador se ufanaba de ser “el presidente más popular del mundo”. Y lo era. Pero también fue un presidente que gobernó al margen de la ley muchas veces. No se trata de opiniones, se trata de hechos. Ahí están las sanciones del INE y del Tribunal Electoral por usar las “mañaneras” para influir en procesos electorales. Ahí está la injerencia directa del Ejecutivo en campañas, como cuando promovió de forma descarada la “revocación de mandato” en 2022, que terminó siendo una simulación de reelección disfrazada.

 

Y qué decir del uso electoral de los programas sociales. El reparto clientelar del dinero público a través de “Servidores de la Nación”, que tocaban puertas no para ayudar, sino para condicionar el voto. Una estructura paralela, partidista, financiada con recursos públicos.

 

Pero quizá lo más grave fue su indiferencia —criminal— ante tragedias humanas que marcaron su sexenio. Citaré 3 ejemplos: 

 

Los migrantes quemados en Ciudad Juárez

 

En marzo de 2023, una estación migratoria en Ciudad Juárez se convirtió en una cámara de muerte: 40 migrantes murieron calcinados, encerrados bajo llave por el propio personal del Instituto Nacional de Migración. Las imágenes lo mostraban todo: un incendio que pudo evitarse, agentes que se fueron sin abrir las celdas, víctimas que gritaron hasta el final. ¿Qué hizo el presidente? Defender al titular del INM, Francisco Garduño, que sigue en el cargo hasta el día de hoy.

 

Esa tragedia no fue un accidente. Fue una política migratoria basada en el desprecio y la violencia. Fue el resultado directo del acuerdo con Estados Unidos para contener migrantes a cualquier costo. ¿Y alguien pagó? Nadie en los altos mandos. Porque en el gobierno de López Obrador, si eras leal, eres intocable.

 

El caso Ovalle: corrupción protegida desde Palacio

 

Ignacio Ovalle, amigo personal de López Obrador y exdirector de SEGALMEX, encabezó uno de los mayores escándalos de corrupción del sexenio: más de 15 mil millones de pesos desaparecidos en una dependencia creada para combatir el hambre. ¿Qué hizo el presidente? Lo mandó a otro cargo. Lo protegió. Nunca lo tocó.

El mensaje fue claro: puedes robar, mentir, omitir… mientras seas parte del círculo. Mientras sirvas a la causa. Mientras no cuestiones al líder.

 

Y ahora: Sheinbaum y el silencio ante el horror

 

La presidenta, Claudia Sheinbaum, aprendió bien la lección. También es popular. También lidera encuestas. También sonríe ante la prensa mientras las tragedias se apilan tras ella.

 

Durante su gobierno en la Ciudad de México, se encubrió lo que hoy sabemos fue un crematorio clandestino. En un terreno de Tláhuac, la policía halló restos humanos, huesos calcinados, evidencia de tortura. La información fue ocultada deliberadamente por meses. No por falta de datos, sino por cálculo político. Sheinbaum estaba en plena campaña. Había que proteger su imagen.

 

Y una vez más: popularidad por encima de justicia.

 

La historia ya nos enseñó el riesgo

Hitler fue elegido por el pueblo. Fue un líder popular. Las masas lo vitoreaban. Las encuestas lo habrían favorecido, de haber existido. ¿Y entonces? ¿Eso lo convirtió en un buen gobernante? ¿En un hombre justo?

 

La historia está llena de ejemplos similares: líderes carismáticos que sedujeron a las masas mientras sepultaban los derechos, la verdad y la ley.

 

México no necesita más mesías populares. Necesita instituciones sólidas, leyes que se respeten, justicia que no dependa de las encuestas.

 

¿Y ahora también los jueces por voto popular?

 

Como si no bastara, ahora el gobierno quiere extender esa lógica torcida al Poder Judicial. Proponen que los ministros de la Suprema Corte y jueces sean elegidos por voto popular. Otra vez: popularidad disfrazada de democracia.

 

Pero elegir a los jueces como si fueran influencers no nos dará justicia. Nos dará show. Nos dará slogans. Nos dará fallos que busquen likes, no que respeten la Constitución.

 

¿De verdad creemos que los mejores juzgadores saldrán de una contienda electoral? ¿Que un juez constitucional debe andar en campaña, lanzando spots, buscando financiamiento, prometiendo sentencias al gusto?

 

La justicia no puede depender del aplauso. Ni del trending topic. Ni del resultado de una encuesta. La justicia necesita independencia, técnica, rigor, y sobre todo, valentía para incomodar al poder.

 

Si caemos en la trampa de creer que todo debe pasar por las urnas, entonces dejemos que el pueblo decida también quién es culpable o inocente, quién merece cárcel y quién no. Y ese camino… ya lo conocemos. Se llama linchamiento. Se llama barbarie.

 

La democracia se defiende con votos, sí. Pero también con jueces que no le deban su cargo a ningún partido, a ningún líder… ni a ningún algoritmo.

 

Porque gobernar bien no es llenar plazas. Y juzgar bien no es ganar elecciones.

Popularidad no es justicia. Y si no lo entendemos ahora, lo lamentaremos después.