Por Jair Miquel
Confieso algo antes de comenzar. Soy de esos mexicanos que cada cuatro años vuelven a caer. De esos que juran que ya no se van a ilusionar después de otra eliminación dolorosa, de otro "jugamos como nunca y perdimos como siempre", de otro verano en el que terminamos viendo a otros levantar la Copa. Soy de los que prometen mantener la cabeza fría, analizar con objetividad, no dejarse llevar por el corazón. Y, sin embargo, aquí estoy otra vez. Viendo un Mundial, haciendo cuentas, revisando grupos, imaginando cruces y preguntándome, como millones de mexicanos, si esta vez podría ser diferente.
Porque el fútbol tiene algo perverso y maravilloso: siempre encuentra la manera de devolvernos la esperanza.
Y si algo ha demostrado este Mundial en apenas unos días es que las predicciones sirven para muy poco.
España, una de las favoritas, no pudo pasar del empate ante Cabo Verde. Brasil tampoco logró derrotar a Marruecos. Bélgica igualó con Egipto. Portugal empató con República Democrática del Congo. Uruguay no pudo con Arabia Saudita. Canadá dejó escapar puntos frente a Bosnia. Los gigantes siguen siendo gigantes, pero ya no asustan como antes. Los llamados equipos pequeños han dejado claro que el Mundial moderno se juega a una velocidad distinta, donde la diferencia entre una potencia y una sorpresa dura apenas noventa minutos. Esa es quizá la mejor noticia para México. No porque garantice nada, sino porque demuestra que este torneo no está escrito de antemano.
Durante años nos hemos acostumbrado a hablar de la Selección Mexicana desde la decepción. Y hay razones para ello. Han pasado cuarenta años desde que México alcanzó los cuartos de final en una Copa del Mundo. Desde entonces han cambiado presidentes, partidos políticos, generaciones enteras de futbolistas y hasta la forma de consumir fútbol. Lo único que no ha cambiado es esa barrera invisible llamada quinto partido.
Pero cuando uno revisa los datos con calma encuentra una realidad menos pesimista de la que solemos repetir.
México llega como la selección mejor posicionada de los tres países anfitriones. Ocupa el lugar 15 del ranking FIFA, por encima de Estados Unidos y muy por encima de Canadá. Además, acumula 17 participaciones mundialistas, 60 partidos disputados y 20 títulos oficiales internacionales. Ninguno de sus socios en la organización tiene una historia semejante. Estados Unidos posee una generación talentosa y una liga en crecimiento; Canadá cuenta con futbolistas de élite como Alphonso Davies; pero cuando se trata de experiencia mundialista, tradición y conocimiento de este escenario, México sigue siendo el referente de Norteamérica.
Y hay otro dato que vale la pena recordar.
Las dos mejores actuaciones de México en una Copa del Mundo ocurrieron jugando en casa.
No fue casualidad en 1970.
Tampoco en 1986.
La localía pesa. La atmósfera pesa. Escuchar un estadio completo cantar el Himno Nacional pesa. Jugar sin viajes transoceánicos, sin adaptación climática y con decenas de miles de aficionados a favor también pesa. Los futbolistas suelen decir que el apoyo de la tribuna no mete goles. Es verdad. Pero sí ayuda a correr un metro más cuando las piernas ya no responden. Sí ayuda a resistir cinco minutos adicionales cuando el rival aprieta. Sí ayuda a creer.
Y los Mundiales, más que cualquier otro torneo, suelen premiar a quienes creen.
La historia reciente ofrece ejemplos suficientes. Corea del Sur alcanzó las semifinales en 2002 jugando como anfitrión. Marruecos llegó hasta las semifinales en Qatar 2022. Croacia disputó una final mundialista con una población menor a la de muchas ciudades mexicanas. Nadie los colocaba entre los candidatos antes de iniciar el torneo. El fútbol moderno está lleno de equipos que rompieron las estadísticas y terminaron escribiendo historia.
Por eso resulta interesante observar el contraste que presenta el propio reporte sobre México. Mientras el país se prepara para recibir su tercera Copa del Mundo, la conversación pública muestra más preocupación por la seguridad, la infraestructura o las movilizaciones sociales que entusiasmo por el torneo. Apenas una parte minoritaria de las conversaciones digitales refleja una percepción positiva del Mundial. En otras palabras: el país parece más ocupado discutiendo sus problemas que soñando con el fútbol.
Quizá eso tampoco sea tan malo.
Las selecciones mexicanas que más lejos llegaron nunca fueron las favoritas. Nunca llegaron rodeadas de una euforia desbordada. Nunca entraron al torneo con la etiqueta de candidatas al título. Llegaron con orden, con trabajo y con una mezcla extraña de presión y esperanza.
Hoy, además, existe una generación que entiende perfectamente el tamaño de la oportunidad. Santiago Giménez encabeza una plantilla que sabe que probablemente ningún otro grupo de futbolistas mexicanos volverá a disputar una Copa del Mundo en casa durante su carrera. No habrá una segunda oportunidad. No habrá otro Azteca mundialista. No habrá otro verano igual.
Y quizá por eso, por primera vez en mucho tiempo, la pregunta correcta no sea si México puede llegar al quinto partido.
La pregunta correcta es por qué no.
Porque si España puede tropezar con Cabo Verde, si Brasil puede empatar con Marruecos, si Bélgica puede sufrir ante Egipto y si Portugal puede dejar puntos ante el Congo, entonces también es posible imaginar un Mundial en el que México aproveche la localía, gane confianza, encuentre una buena llave y termine escribiendo una historia distinta.
¿Es probable que México sea campeón del mundo?
No.
Sería irresponsable decirlo.
Pero los Mundiales no se juegan con probabilidades.
Se juegan con momentos.
Y quienes llevamos décadas viendo fútbol sabemos que las historias más memorables casi nunca fueron las más probables.
Por eso, aunque la lógica diga una cosa, aunque las estadísticas llamen a la prudencia y aunque la experiencia recomiende no ilusionarse demasiado, confieso que vuelvo a estar ahí.
Haciendo cuentas.
Revisando cruces.
Imaginando escenarios.
Soñando.
Porque cada cuatro años el Mundial nos regala una licencia extraordinaria para creer en lo imposible.
Y porque, aunque uno intente ocultarlo detrás de los números, las tablas y los análisis, hay una parte de nosotros que sigue pensando que algún día veremos a México levantar la Copa del Mundo.
Tal vez no ocurra.
Tal vez volvamos a sufrir.
Tal vez volvamos a decir "será para la próxima".
Pero mientras el balón siga rodando y el escudo de México siga entrando a la cancha, seguiremos haciendo lo mismo que hacemos desde hace generaciones:
volver a soñar.