La presidenta nacional de Morena, Luisa María Alcalde Luján, lanzó esta semana un mensaje directo a sus correligionarios: evitar el lujo, la ostentación y “vivir en la justa medianía”. Lo hizo en medio de una creciente polémica por los viajes internacionales de figuras como Andrés Manuel López Beltrán, Mario Delgado y Ricardo Monreal, cuyas imágenes en restaurantes exclusivos y hoteles de cinco estrellas se viralizaron en redes sociales y medios de comunicación.
Aunque Luisa Alcalde aclaró que viajar no está prohibido, sí subrayó que los líderes de Morena tienen la responsabilidad de actuar con congruencia: “Se pueden tener recursos económicos, pero no se deben exhibir. El lujo es contrario a nuestros principios”, dijo en un evento en Querétaro. El mensaje no fue solo preventivo: fue un intento por contener la fractura simbólica que está dejando al descubierto una contradicción central en el proyecto político que presume tener al pueblo por guía moral.
El escándalo estalló tras la publicación de fotografías de Andy López Beltrán, hijo del expresidente López Obrador, desayunando en el hotel Okura de Tokio. Luego vinieron los reportes de Mario Delgado en Lisboa y Monreal en Madrid, este último captado en el restaurante del hotel Rosewood Villa Magna. Aunque todos alegaron haber viajado con recursos propios, la crítica no giró en torno a lo legal, sino a lo ético: ¿cómo puede un movimiento que predica la austeridad republicana justificar estas postales de opulencia?
“Si dañamos a Morena, ¿qué le queda de alternativa a este país? ¿El PAN o el PRI?”, preguntó Luisa Alcalde ante la militancia. La pregunta es tan legítima como reveladora: Morena ya no solo es juzgado por sus adversarios, sino por su propio reflejo.
La presidenta Claudia Sheinbaum respaldó la postura de Alcalde: “El poder se ejerce con humildad. Cada quien será reconocido por su comportamiento”. La frase, pronunciada en Palacio Nacional, fue interpretada como una reprimenda sutil —pero firme— hacia Monreal y compañía. Sheinbaum, cuidadosa en la forma y directa en el fondo, intenta marcar un contraste con su antecesor: tolerancia cero a los excesos que comprometan la imagen del proyecto.
Pero no basta con declaraciones. El Código de Ética de Morena —vigente desde 2020— establece que los militantes deben abstenerse de “realizar viajes de lujo, usar ropa de marcas exclusivas, joyería ostentosa o cualquier práctica que denigre el ideal de vida austera y honesta que guía al movimiento”. La Comisión Nacional de Honestidad y Justicia tiene facultades para investigar y sancionar. Sin embargo, hasta ahora, no hay proceso alguno abierto contra los involucrados.
La clave de esta crisis no está en si alguien pagó con su tarjeta de crédito o con viáticos públicos. Está en la estética de la representación política. Morena surgió con la promesa de que el poder podía ejercerse sin privilegios, sin frivolidad, sin simulaciones. Hoy, sus rostros más visibles transmiten el mensaje contrario: que una vez alcanzado el poder, la austeridad es solo para las cámaras.
Lo dijo alguna vez el historiador Armando Bartra: “La moral de la izquierda se construye no solo con leyes, sino con símbolos”. En la política contemporánea, el símbolo vale tanto como el discurso. Y en ese terreno, una sola foto puede bastar para derrumbar una narrativa completa.
Luisa Alcalde ha puesto el dedo en la llaga correcta. Pero el verdadero dilema no es retórico, sino político: ¿está Morena dispuesto a ejercer la congruencia como principio rector o seguirá administrando la contradicción como lo ha hecho hasta ahora?
Mientras la dirigencia decide si sancionar o encubrir, la imagen de los viajes queda grabada en el imaginario colectivo como una escena incómoda: la del poder que prometió caminar con el pueblo, pero terminó subido en primera clase.