La pregunta no es menor ni nueva, pero las revelaciones recientes en torno a Ismael “El Mayo” Zambada y las reacciones del presidente Andrés Manuel López Obrador dibujan un mapa de sospechas que cada vez parece más tangible. ¿Hubo entre ambos algún tipo de comunicación? ¿Llegaron a conocerse o incluso a conversar en más de una ocasión? La tesis es que las opiniones que se cruzaron, aun sin pruebas documentales de una relación directa, configuran la impresión de una cercanía peculiar, difícil de ignorar.
Por un lado, están las declaraciones del propio Zambada. El periodista Luis Chaparro relató que “El Mayo” hablaba de AMLO con estima, casi con confianza, como si le tuviera fe personal. No lo mencionaba con resentimiento, sino con respeto, algo que no suele conceder a figuras políticas. En otra entrevista recogida por Diego Enrique Osorno, Zambada llegó a decir que tenía “todo su respeto” por López Obrador y valoraba su amor por México. Y en la conversación clandestina que María Scherer sostuvo con él poco antes de su detención, el capo aprobó explícitamente la estrategia presidencial de “abrazos, no balazos”: “Tiene razón el presidente. Los balazos son peligrosos”. Estas frases, sumadas, no parecen casuales ni fruto del discurso ensayado de un narcotraficante: revelan un grado de afinidad, al menos unilateral, hacia la figura del mandatario mexicano.
Del otro lado está AMLO. El presidente nunca ha reconocido cercanía con Zambada, pero su manera de reaccionar frente a episodios clave ha alimentado las dudas. Cuando se supo de la captura del capo en Estados Unidos, López Obrador no celebró como cabría esperar de un jefe de Estado; por el contrario, expresó molestia y calificó el operativo como “totalmente ilegal”. Esa furia contrastó con la prudencia mostrada frente a otras detenciones, y dejó la sensación de que no se trataba de una indignación protocolaria, sino de un enojo profundo por lo que implicaba en el tablero político y criminal.
Esa misma reacción se tradujo en una narrativa que colocaba a los llamados “chapitos” —los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán— como responsables de una traición a la patria. En el discurso presidencial, ellos habrían colaborado con la DEA para entregar a “El Mayo”, fracturando un pacto implícito dentro del Cártel de Sinaloa. AMLO los describió con dureza, casi devorándolos retóricamente como traidores, un gesto que en política suele reservarse para enemigos íntimos, no solo adversarios lejanos.
Así, de un lado tenemos a un capo que admiraba y respaldaba, al menos en el discurso, a López Obrador. Del otro, a un presidente que, cuando ese mismo capo cayó, reaccionó con enojo y con una retórica de ruptura hacia quienes facilitaron su captura. El resultado es la sombra de una relación que nunca se ha confesado, pero que deja trazos suficientes para sostener la sospecha de que hubo algo más que una simple coincidencia de opiniones.
La tesis se sostiene en esas grietas del discurso público: el respeto declarado de Zambada, la molestia personal de AMLO, la narrativa de la traición de los chapitos. No hay pruebas judiciales de encuentros o pláticas, pero los gestos, palabras y silencios alimentan la duda razonable de que, en algún momento, las rutas de López Obrador y “El Mayo” se cruzaron más de lo que la historia oficial está dispuesta a aceptar.