La madrugada del 12 de febrero de 2026 se escribió otro capítulo de tensión y violencia en Cooperativa La Cruz Azul, una de las industrias emblemáticas del país, en la planta cementera ubicada en Tula de Allende. Lo que empezó como un operativo judicial para restituir el control del inmueble derivó en enfrentamientos armados, detonaciones y detenciones, y volvió a poner de manifiesto un conflicto interno que ha marcado la vida económica y social de esta comunidad por más de cuatro años.
Para entender la magnitud de lo ocurrido, hay que remontarse a 2020, cuando la cooperativa —única propietaria de la enorme planta cementera en Hidalgo— se fracturó en dos facciones irreconciliables. El desencuentro comenzó con desacuerdos internos sobre la administración y el control de la empresa tras la salida de la vieja dirigencia, y terminó por dividir a socios, trabajadores y comunidades enteras.
Desde entonces, la planta ha estado paralizada y bajo el control de grupos que se identifican tanto como “legítimos defensores” de la cooperativa como “ocupantes ilegales”. En el centro de la disputa están figuras como Víctor Manuel Velázquez Rangel, señalado como presidente del Consejo de Administración por una de las facciones, y antiguos representantes afines al exlíder Guillermo “Billy” Álvarez, cuya gestión generó tensiones profundas en el interior del organismo.
La acción ejecutada la madrugada de ayer fue una diligencia de restitución ordenada por un juez del Estado de México, es decir, una instrucción judicial para devolver el inmueble a quien se consideraba “legítimo poseedor”. A las 4:00 a.m., diversas unidades, incluidas camionetas sin insignias visibles, ingresaron a las instalaciones. Testigos y pobladores de Ciudad Cooperativa Cruz Azul reportaron ráfagas de disparos, explosiones y mucho desconcierto cuando la autoridad ordenó el aseguramiento del lugar.
Aunque la Procuraduría General de Justicia del estado de Hidalgo aseguró posteriormente que no hay personas fallecidas ni desaparecidas y que 33 personas fueron detenidas —31 por resistencia y desobediencia y 2 por portar armas de fuego—, los testimonios en redes sociales hablaron de un episodio violento y confuso en el que se vivieron momentos de pánico entre trabajadores y residentes cercanos.
Este no es un hecho aislado: el episodio recuerda el 23 de abril de 2022, cuando un enfrentamiento en el mismo complejo industrial dejó al menos ocho personas muertas y más de diez heridas, tras un intento de toma violenta de la planta. Esa jornada quedó marcada como uno de los momentos más trágicos en la historia reciente del conflicto cooperativo.
Por si fuera poco, la disputa ha tenido impactos económicos y laborales severos. Con la planta fuera de operación desde hace años, muchas familias han visto caer sus ingresos y puestos de trabajo, mientras que la comunidad entera de Tula ha vivido con la incertidumbre de una pugna que se instala como parte de su cotidianidad.
La historia de Cruz Azul en Tula es, además, la de una comunidad que nació alrededor de la propia industria. Desde su fundación en 1881 y su transformación en cooperativa en 1931, La Cruz Azul ha sido motor económico y social en la región. Su equipo de fútbol llegó a ser uno de los emblemas deportivos del país y la planta cementera —que llegó a producir miles de toneladas al día— era orgullo local y nacional.
Hoy, sin embargo, ese pasado de consolidación económica y cohesión social parece lejano frente a un presente de tensiones internas, ordenamientos judiciales contradictorios y el sonido de balas que vuelve a resonar en una comunidad marcada por la división. La disputa por el control de la cooperativa no sólo pone en jaque un activo productivo clave del país, sino que también interpela el tejido social de una ciudad que ha visto cómo la violencia y la incertidumbre han reemplazado al cemento como tema central de conversación.
La pregunta sin respuesta —y quizás la más difícil de responder— es cómo reconciliar la historia centenaria de una cooperativa que prometía prosperidad con la violencia cotidiana de sus disputas internas. A medida que Tula intenta digerir un nuevo capítulo doloroso, la sombra de lo que fue y lo que podría volver a ser sigue pendiendo sobre la comunidad como una amenaza latente.