Chihuahua, Chih., 20 de octubre de 2026.
La detención del exfiscal César Jáuregui Moreno ha desencadenado una crisis política que trasciende los tribunales y alcanza directamente a la gobernadora Maru Campos. Lo que comenzó como una investigación por la participación irregular de agentes estadounidenses en un operativo antidrogas terminó por fracturar una de las alianzas más importantes del panismo chihuahuense.
Sin embargo, la sucesión de acontecimientos abre una interrogante de mayores dimensiones: ¿Maru Campos sacrificó a uno de sus colaboradores más cercanos para negociar su supervivencia política con el gobierno federal?
El lunes 19 de octubre, la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que la primera orden de aprehensión contra Jáuregui provino de la propia Fiscalía de Chihuahua, por presuntos delitos relacionados con el ejercicio del servicio público. Posteriormente intervino la Fiscalía General de la República (FGR), que ejecutó una segunda orden por presunta traición a la patria.
El dato es políticamente revelador: la primera autoridad que procedió contra Jáuregui fue la Fiscalía del estado gobernado por Maru Campos, no el gobierno federal.
La cronología ofrece otros elementos relevantes. El 19 de septiembre, Sheinbaum y Campos sostuvieron una reunión privada en Ciudad Juárez, donde abordaron las investigaciones relacionadas con la participación de agentes estadounidenses en territorio mexicano y acordaron mantener la coordinación institucional.
Posteriormente, el 9 de octubre, Campos designó a Gilberto Loya Chávez como encargado del despacho de la Fiscalía estatal. Apenas ocho días después, la institución encabezada por el nuevo funcionario ejecutó la orden de aprehensión contra Jáuregui, quien había renunciado meses antes al cargo.
Aunque las investigaciones comenzaron antes del nombramiento de Loya, la cercanía temporal entre ambos acontecimientos y la coordinación reconocida entre las autoridades estatales y federales plantean preguntas sobre las decisiones políticas que rodearon el procedimiento.
A ello se suma la ruptura entre Campos y Jáuregui, quienes durante años mantuvieron una estrecha relación de colaboración. La defensa del exfiscal ha acusado a la gobernadora de traicionarlo y sostiene que detrás de su detención existen intereses relacionados con la disputa por la alcaldía de Chihuahua en 2027.
Por su parte, Campos ha respaldado la actuación de las autoridades y sostenido que nadie está por encima de la ley.
Pero el conflicto ocurre en un momento especialmente delicado para el PAN, que se prepara para defender la gubernatura de Chihuahua frente a Morena, mientras distintos grupos internos disputan candidaturas y posiciones de poder.
¿Estamos ante otro estado negociado políticamente? ¿Una eventual entrega a cambio de impunidad? ¿O simplemente una investigación judicial legítima cuyas consecuencias alcanzaron a la propia estructura del gobierno estatal?
Hasta ahora no existen pruebas públicas que acrediten un pacto de impunidad, una intervención de la Embajada de Estados Unidos en la sucesión estatal o un acuerdo electoral entre Campos y Morena.
Lo que sí está documentado es la colaboración de ambas fiscalías, el distanciamiento entre la gobernadora y su antiguo aliado, y una investigación que, según lo declarado por Sheinbaum, no ha encontrado hasta ahora elementos que involucren directamente a Campos en las decisiones atribuidas al exfiscal.
La diferencia entre coordinación institucional y negociación política sigue siendo fundamental. La primera está reconocida públicamente; la segunda continúa siendo una hipótesis.
En política, el poder no solamente se conquista: también se negocia para conservarlo. Y bajo esa premisa surge la pregunta que podría marcar el debate político de Chihuahua rumbo a 2027:
¿Maru Campos permitió la caída de César Jáuregui como parte de una estrategia para preservar su propio poder, aun si eso implicara debilitar al PAN frente a la 4T?
Por ahora, la ruptura política es evidente. La supuesta entrega de Chihuahua sigue siendo una interrogante que requiere pruebas.