Durante décadas, buena parte del Golfo de México fue observada principalmente desde una perspectiva petrolera. Sin embargo, debajo de sus aguas existe un complejo corredor de arrecifes, dunas sumergidas, formaciones rocosas y estructuras asociadas a filtraciones de gas natural que apenas comienza a ser documentado por la ciencia.
Investigadores de la Universidad Veracruzana han identificado ya 125 ecosistemas arrecifales a lo largo de aproximadamente 650 kilómetros entre Veracruz y Tabasco. En 2013 solamente se tenía registro de 73, por lo que en poco más de una década el número de sitios conocidos aumentó alrededor de 71%. Y los propios científicos consideran que el mapa todavía está incompleto.
La historia comenzó años atrás, cuando investigadores detectaron una aparente contradicción: en determinadas comunidades de Veracruz los pescadores capturaban especies asociadas directamente con arrecifes, aunque oficialmente no existían estas formaciones en los mapas de esas zonas. Una de las primeras pistas fue Bajo Negro, un arrecife cercano al río Cazones que los pescadores conocían desde hacía tiempo pero que permanecía prácticamente fuera del conocimiento científico.
A partir de ahí, especialistas encabezados por Leonardo Ortiz Lozano, del Instituto de Ciencias Marinas y Pesquerías de la Universidad Veracruzana, comenzaron expediciones, levantamientos batimétricos, inmersiones y recorridos junto con pescadores. Poco a poco apareció un paisaje submarino mucho más extenso de lo esperado.
El corredor no está formado exclusivamente por los tradicionales arrecifes de coral. Los científicos han encontrado formaciones rocosas de origen volcánico, estructuras de arenisca, dunas que alguna vez estuvieron expuestas cuando el nivel del mar era menor e incluso especies de “chimeneas” submarinas de varios metros de altura por donde emerge gas natural.
La riqueza biológica también ha sorprendido a los investigadores. Hasta ahora se ha elaborado un inventario de 525 especies de peces vinculadas con estos ecosistemas, además de aproximadamente 42 especies de corales duros y varias especies de esponjas y peces que han resultado nuevas para la ciencia. Alrededor de 90 especies registradas tienen además importancia comercial, entre ellas robalo, huachinango y sierra.
El descubrimiento tiene una dimensión que va mucho más allá de la investigación científica. Los arrecifes son zonas de reproducción, alimentación y refugio para numerosas especies marinas y sostienen buena parte de la pesca artesanal de la región. Los investigadores estiman que más de 15 mil familias pesqueras mantienen una relación directa con estos ecosistemas.
Precisamente los pescadores han sido fundamentales para reconstruir el mapa. Durante generaciones, muchas familias conservaron las coordenadas de sitios productivos como un patrimonio que pasaba de padres a hijos. Los lugares donde las redes encontraban roca o donde aparecían determinadas especies funcionaron como pistas para que posteriormente los científicos descendieran y comprobaran qué existía en el fondo.
Cuando las estructuras se encuentran a menos de 40 metros, los investigadores pueden realizar inmersiones directamente. En sitios más profundos utilizan vehículos operados remotamente, capaces de descender alrededor de 200 metros y registrar imágenes de lugares que posiblemente nunca habían sido observados por un ser humano.
Pero descubrirlos también ha expuesto un problema: muchos de estos arrecifes todavía no aparecen oficialmente en cartas náuticas ni dentro de polígonos destinados a su protección ambiental. Al menos 23 se encuentran completamente sumergidos y pueden resultar prácticamente invisibles desde la superficie.
Esa ausencia de los mapas puede tener consecuencias importantes frente al desarrollo de puertos, gasoductos y proyectos relacionados con hidrocarburos. Los científicos recuerdan el caso del arrecife La Loma, cuya existencia fue motivo de una controversia relacionada con la ampliación del puerto de Veracruz. En 2021, la Suprema Corte determinó que este arrecife había sido omitido en evaluaciones vinculadas con las obras y ordenó que nuevas resoluciones consideraran la totalidad de los ecosistemas arrecifales.
Otro caso señalado por los investigadores es el arrecife Corazones, una formación sumergida de más de seis kilómetros de longitud localizada aproximadamente a 34 metros de profundidad. El sitio fue documentado mientras existían trabajos relacionados con un gasoducto proveniente de Texas. Los investigadores han pedido conocer con precisión los trazos de esta infraestructura para determinar el posible impacto sobre los ecosistemas de la zona.
Los hallazgos también obligan a revisar algunas ideas tradicionales sobre los arrecifes. Durante años se consideró que los corales necesitaban principalmente aguas claras y con pocos sedimentos. Sin embargo, algunas formaciones del Golfo sobreviven bajo condiciones de intensa presión: desembocaduras de ríos, contaminación, actividad petrolera, tráfico marítimo, pesca, desarrollo portuario y aumento de la temperatura del océano.
Los científicos consideran que esa capacidad de resistencia convierte al corredor en un laboratorio natural particularmente valioso, pero advierten que resiliencia no significa invulnerabilidad. El cambio climático, la contaminación, la sobrepesca y la expansión de infraestructura pueden terminar superando la capacidad de recuperación de estos ecosistemas.
Y todavía falta mucho por descubrir. De los aproximadamente 80 arrecifes coralinos registrados, el equipo estima que únicamente alrededor de 20% ha sido estudiado con suficiente profundidad. Actualmente las exploraciones se concentran frente al norte de Veracruz, entre Tecolutla, Villa Rica y Gutiérrez Zamora, donde existen extensas zonas todavía poco conocidas.
El objetivo inmediato de los investigadores es conseguir que estos sitios sean incorporados oficialmente a la cartografía y a los instrumentos de protección ambiental. También plantean establecer refugios pesqueros y evitar que infraestructura petrolera o energética atraviese zonas arrecifales desconocidas.
Después de más de una década de expediciones, una conclusión comienza a resultar evidente: debajo del Golfo de México existe un patrimonio natural considerablemente mayor de lo que mostraban los mapas.
Durante años, el interés estuvo concentrado en saber cuánto petróleo existía debajo de esas aguas. La nueva pregunta es cuántos ecosistemas permanecen todavía ocultos y si México logrará conocerlos y protegerlos antes de que alguna obra llegue primero.